Descubre y saborea la vocación a la que Dios te ha llamado


   ¡Hola amigos!

Me llamo Álvaro y tengo 23 años. Soy seminarista de la diócesis de Burgos y estoy en quinto de teología. Os voy a contar a grandes rasgos como Dios me metió en este lío de querer ser sacerdote…

He de decir que a pesar de haber nacido en Burgos me siento muy riojano y es que las raíces familiares por parte de mi padre vienen de S. Vicente de la Sonsierra, en la Rioja alta. Es allí donde vivo todas las vacaciones de verano y de Semana Santa junto a mi familia y amigos desde que era pequeño. A los 9 añitos comencé mis primeros pasos en eso de ser monaguillo y a participar en la Semana Santa de una manera intensa, ingresando en la Cofradía de la Santa Vera Cruz de los disciplinantes, los famosos “picaos”, de la cual todavía formo parte de manera agradecida y con un sentimiento muy especial.

              Pasadas las fiestas patronales de Logroño, S. Mateo, me viene a la cabeza ese famoso cuadro pintado por Caravaggio que se encuentra en la iglesia de S. Luis de los franceses, en Roma. En él podemos ver una luz descendente que ilumina el rostro y la actividad de Mateo. Apreciamos como Mateo estaba inmerso en el día a día, en su mesa recaudando y contando las monedas de los impuestos. Está rodeado de gente pero el único que se siente llamado es Mateo y lo muestra con ese gesto de extrañeza señalándose a sí mismo en un amago de preguntarse si es a él a quién buscan. Así fue como Dios llamó a S. Mateo para que le siguiera y hacerle apóstol.

             Este mismo cuadro trayéndolo a nuestros días y cambiando los personajes puede ilustrar como fue mi llamada. Yo era un estudiante de bachillerato como otro cualquiera, con mis planes de futuro, mis miedos y dudas sobre si estudiar una carrera u otra, mis preocupaciones, salía con mis amigos de fiesta hasta las tantas, tenía ligues y alguna que otra novia, preocupado por conocer mundo y como muchos de los jóvenes de hoy en día, por desgracia, tras hacer la confirmación no pisaba la Iglesia. Digamos que esa podía ser mi particular “mesa de recaudación de impuestos”, mí día a día al igual que Mateo. Fue ahí, en medio de mi vida, entre clase y clase, mientras me pedía una cerveza, en mis ratos a solas, en el estar con las chicas, en los viajes… donde Dios irrumpió como un rayo haciendo que abriera los ojos y me preguntara sobre cuál era mi lugar en el mundo, para qué había sido creado. ¡Dios existía! y había estado ahí conmigo desde siempre, quería mi felicidad plena, absoluta y no placebos superficiales con los que me engañaba a mí mismo.

             

No podía estar indiferente tras aquel encuentro que marcó un antes y un después, tenía que resolver esas preguntas y encontrar mi lugar en el mundo, para lo que Dios me había creado. Volví a ir a Misa, a formarme, a rezar, a procurar hacer la vida más fácil a los demás en el voluntariado pero se ve que Dios me pedía más, ¡Ser sacerdote! ¿Yo? Con lo golfo y piezas que he sido, con lo malo que soy a veces, no soy capaz, ¡si tengo novia! tiene que ser otro mejor que yo por el bien de la gente… Te has confundido, yo no soy el que buscas. Esa fue mi reacción, mi propio gesto de extrañeza, como el de Mateo. Estaba rodeado de gente buenísima, involucrada, amigos santos… ¡y va y me llama a mí! Con el tiempo me fue cambiando el chip y no lo veía tan mal. En Misa me fijaba en el sacerdote, me preguntaba por su vida, les veía siempre felices, alegres, dispuestos… no me quitaba aquella idea de la cabeza y es que a Dios nadie le gana a cabezota, estaba empeñado en que fuera sacerdote. Con la ayuda de muchos -entre ellos D. Carlos por su testimonio, a D. Gonzalo por su sonrisa diaria y constante y a D. Fernando por su acompañamiento y generosidad– respondí que sí a Dios y procuro hacerlo día a día, cada mañana.

              ¿Quién me iba a decir a mí que acabaría en el seminario? Sigo pensando que soy indigno pero es en esa debilidad donde encuentro la respuesta, en el Evangelio escrito por S. Mateo: “No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mt 9,9-13).

               Te invito a que descubras la maravilla enorme que es tu vida, el valor infinito que tienes y el amor de Dios, que está en el origen de tu ser y también en tu destino.

                Descubre y saborea la vocación a la que Dios te ha llamado porque Dios pensó en ti, se enamoró de ti, deseó que existieras y decidió darte el ser y la vida.

¡Descubre el camino de amor y misericordia que Dios tiene preparado para ti desde la eternidad!

 

Álvaro Zamora Gómez

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